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Jueves 17:00 - 17:40 Luiz Alberto Moniz Bandeira (Universidade de São Paulo)
“Cuba y Brasil”
Resumen
Inmediatamente después del fiasco de la Bahía de
Cochinos, el 23 de abril de 1961, el Departamento de Estado dio
instrucciones a todos los embajadores norteamericanos para que llevasen
el problema de Cuba a los gobiernos en América Latina, junto a
los cuales estaban acreditados, presentándolo como
“intrusion of extra-continental power”, que amenazaba la
paz y la seguridad del hemisferio y exigía medidas de defensa,
inclusive de los países vecinos amenazados y posible
autodefensa de los Estados Unidos. El obstáculo consistió
en la oposición de los mayores y más importantes
países de América Latina, como Argentina, Chile,
México y, sobre todo, Brasil, donde el elevado y fuerte
sentimiento anti-norteamericano reforzaba las simpatías por
Fidel Castro. La posición de Brasil contribuyó
decisivamente para impedir la intervención militar colectiva en
Cuba, bajo el manto de la OEA, como los Estados Unidos querían,
para no hacerla unilateralmente, dando pretexto a la Unión
Soviética para invadir Berlín Occidental o la
Turquía. Cualquier tentativa de esta especie podría
generar una enorme tensión interna no sólo en Brasil sino
en varios países de América Latina. Brasil argumentaba
que el aislamiento de Cuba destruiría las alternativas y
tendería a acelerar el proceso de sovietización del
régimen revolucionario, que inevitablemente pasaría
a gravitar en torno del Bloque Socialista. La propuesta que
llevó a la VIII Reunión de Consulta de los
cancilleres Americanos, realizada entre el 23 y el 31 de enero de
1962, en Punta del Este, fue la “finlandización” de
Cuba, es decir su neutralización, mediante la asunción de
ciertas “obligaciones negativas”. El gobierno de Estados
Unidos, sin embargo, continuó oponiéndose a cualquier
solución que significase el reconocimiento formal del derecho de
coexistencia de un régimen comunista en el continente. Las
delegaciones de México, Argentina y Chile recibieron
autorización de sus respectivos gobiernos para aceptar la
fórmula de los Estados Unidos, pero solamente en el caso de que
Brasil también la aprobase, por cuanto temían problemas
internos, con la opinión pública, si tomasen una
posición diferente. Brasil mantuvo su posición. Y los
Estados Unidos no consiguieron, como pretendían, una
decisión que justificase y les permitiesen actuar
militarmente contra el régimen de Castro, bajo la
cobertura colectiva de la OEA, a pesar de todas las presiones,
promesas y amenazas, dado que la revolución cubana dejara de ser
un problema de política continental y se había convertido
igualmente en un problema de política interna, en los
países de América Latina.
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